abril 14, 2014

Valparaíso en llamas



No solo el país, sino que el mundo entero han visto una y otra vez las sobrecogedoras escenas del incendio que está afectando a los cerros de Valparaíso y el desigual y subdesarrollado combate con que se enfrenta, con escasos recursos. Una vez más observamos impertérritos las circunstancias y precariedad, y el heroísmo con que trabajan los bomberos.

Los medios de comunicación cumplen su tarea, no sin cierto morbo, repitiendo imágenes y entrevistas, como para refregarnos el drama que afecta a miles de compatriotas. Siento que falta sobriedad y tino en la comunicación, que hay más obstrucción y confusión que colaboración.

Es hora de terminar con el amateurismo en estas materias. No están los tiempos para ello. No es posible continuar financiándose en base a donaciones, colectas públicas, aportes municipales cuyas arcas suelen ser escuálidas de solemnidad, o de dádivas empresariales. Es indispensable profesionalizar la función bomberil. No están los tiempos para voluntarismos en estas materias. La envergadura de los incendios, la magnitud de los recursos comprometidos, y un adecuado uso de los recursos tecnológicos disponibles para encararlos, y nuestra voluntad de pasar a nuevos estadios de desarrollo, ameritan tener bomberos profesionales en todo el sentido de la palabra.

Vivimos tiempos de mayores riesgos. Las temperaturas, los vientos y la menor disponibilidad de agua hacen lo suyo, agravados por el individualismo reinante, en desmedro del bien común. Saltan por los aires planes reguladores defectuosos que obedecen a presiones de los poderosos, dejando en la indefensión a los pobres, quienes son empujados a las periferias y a los terrenos de mayor riesgo. Los municipios regularizan lo que no deben, empujados por intereses o urgencias.

Muchas veces se objeta que pobladores se toman terrenos y levanta construcciones ligeras allí donde no está autorizada, en quebradas y/o zonas de alto riesgo, de incendio, de erosión o de inundación. Una periodista tuvo la osadía de preguntar a una pobladora: ¿por qué se vienen a vivir a un lugar tan peligroso? La respuesta no se hizo esperar: “Los pobres no elegimos donde vivir”.

Nos llenamos la boca con las libertades, con el desarrollo, con los avances. Lo que estamos viendo da cuenta de nuestras falencias, que no todo lo que brilla es oro, que quizá estemos construyendo un ídolo con pies de barro.

Pasado el incendio, los medios de comunicación nos llenarán las pantallas de la cadena solidaria que se ha desencadenado, como para adormecernos, tranquilizarnos. No podemos quedarnos con eso. Sin dejar de ser solidarios, es necesario cambiar la mirada porque no podemos pretender creer que esto se resuelve con solidaridad.

Lo importante es siempre pospuesto en aras de lo urgente. Ojalá lo que está ocurriendo sea una oportunidad para hacer un alto para pensar y proyectarnos. Para hacer planificación urbana en serio, en beneficio de la población y no de unos pocos. Para no arrinconar y empujar a los pobres a lugares no habitables, de modo de hacerles la vida menos dramática.

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