marzo 06, 2013

¿Chávez ha muerto? ¿Chávez vive?

Moros y cristianos decretan duelos nacionales. De izquierda a derecha se rinden ante un ícono latinoamericano cuyo legado está por verse. Al final, pareciera que todos los muertos son buenos, quizá, con algunas excepciones.

Uno habla y escribe desde dónde está parado, o sentado. Desde su posición. Nadie lo hace en el limbo. Por ello es importante identificarse, de modo que quienes me escuchan o leen sepan desde dónde lo hago, desde qué posición. Para no llamarnos a engaño. Por ello parto dejando claro que Chávez nunca ha podido ser un santo de mi devoción. Como tampoco lo ha podido ser Castro, ni Pinochet. Hoy, todos le cantan loas. Yo, no estoy en condiciones de hacerlo. A continuación van mis razones.

Y nuestros juicios, nuestros pareceres, son resultado de las fortalezas y las debilidades encontradas, con sus correspondientes pesos o valorizaciones que dependen de nuestra formación de nuestras escalas de valores.

Al haber de Chávez podemos contabilizar su defensa de los desposeídos, los de abajo, los siempre postergados, y sus políticas sociales en su favor; su compromiso con la integración latinoamericana; su independencia de USA. Fue un clásico caudillo militar que puso freno a la corruptela de las élites enquistadas en los partidos mayoritarios de Venezuela que se repartían el poder político y económico gracias a los recursos petroleros, que en vez de posibilitar el desarrollo del país, solo ha servido para sumirlo en el subdesarrollo. No fue un clásico dictador porque su génesis es electoral, pero siempre jugó en los límites de la democracia.

Al debe de Chávez está su nula contribución a la integración de la sociedad venezolana, una tarea compleja, pero insoslayable si es que aspiraba dejar algún legado. Es cierto que Venezuela estaba dividida social y económicamente antes de su ascenso al poder, pero ahora que se fue, también lo sigue estando, no sé si más o menos que antes, pero la polarización política sigue presente. El énfasis puesto en la integración latinoamericana, me hubiese gustado haberla visto también a nivel de política interna.

Su personalismo, o su personalidad, le impidió institucionalizar la revolución bolivariana, la que con su muerte, quedó huérfana. Hoy, en Venezuela tenemos instalado un modelo político autoritario, paternalista, asistencialista, que se sostiene con los petrodólares, acompañado de un modelo económico que está dando pie a la aparición de mercados negros de los más diversos productos.

Para mis cánones de lo que se entiende por una verdadera democracia, donde el poder político y económico está suficientemente distribuido como para ninguna persona ni sector pueda salirse de madre, ni subyugar a otros, la democracia venezolana, como tantas otras, es frágil. Si bien contaba con una oposición que lo legitimaba, era una oposición debilitada por su propia composición. Mal que mal, las élites están allí heridas por haber sido desalojadas por Chávez. Élites responsables del propio ascenso de Chávez.

Una democracia frágil porque la separación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, era relativa al estar siendo paulatinamente cooptados por el poder ejecutivo encabezado por Chávez. Aunque reconozcamos que esta separación, por lo general es más formal que real, salvo quizá en las democracias más consolidadas.

¿Qué es lo que viene? Difícil predecirlo. Cada vez que cae o muere una leyenda, un caudillo, un dictador, deja tras sí un mar de dudas existenciales. Todo puede ser. ¿Será capaz de sobrevivir, de institucionalizarse, la revolución bolivariana a la desaparición de su líder? Lo dudo. Más bien, temo un retroceso, que las élites vuelvan por sus fueros bajo otros ropajes.

Para la izquierda clásica, Chávez constituye un referente que procurarán convertir en leyenda; para una izquierda renovada, Chávez será un referente solo por su pasión bolivariana en pos de la integración latinoamericana, sus acciones a favor de los más postergados, y su valentía para pararse ante el imperio norteamericano. Claro que con dólares en el bolsillo, porque en ningún momento dejó de venderles el codiciado petróleo a buen precio.

Uno de los dramas no resueltos de estos personajes es el de la sucesión. Cuando mueren, es difícil encontrar a alguien que les llegue a los talones. De alguna manera se las arreglan para ser insustituibles. Cuando ya no están, dejan tras sí una estela de intrigas, rencillas, dudas, disputas difíciles de sortear.

Sumando y restando las fortalezas y debilidades de Chávez, a mi modesto entender, el saldo es negativo, más allá del impacto emocional que siempre nos produce la muerte de alguien, sobre todo cuando tuvo el poder de cambiar las cosas en sus manos.

1 comentario:

Gabriel Antonio Ramírez Méndez dijo...

Tampoco fue un personaje de mi devoción, aunque al comienzo vi con cierta simpatía el que sugiera una opción nueva frente a la alternancia sabidamente corrupta ADECO-COPEI, y todavía simpaticé con él cuando Ricardo Lagos fue el único gobernante que hizo el ridículo reconociendo apresuradamente al gobierno que se estaba recién constituyendo a través del golpe de estado contra Chávez.
Su muerte me conmueve como la de cualquier persona que todavía tiene muchos años por vivir. Mucho realmente.
Sin embargo no puedo olvidar su exagerado narcisismo que lo llevó a tratar de manipular la ley para reelegirse indefinidamente. Para mí lo único bueno de su muerte es que ya no se va a poder reelegir… y a propósito: Raúl Castro anunció que este será su último periodo nada remarcable en un hombre de 82 años … ¿No es impresionante? … ¡Se va a retirar a los 87!
Creo que los países tienen los gobiernos que se merecen y cuando tuvimos la dictadura de Pinochet tuvimos lo que nos merecíamos porque no supimos valor la democracia que habíamos alcanzado. Por eso pienso que los discursos populistas son peligrosos, se basan en lo que se "debería" hacer (según lo cree esa mezcla explosiva que se da en ciertas ocasiones entre demagogos, oportunistas, ingenuos y vagos) y no en lo que es consensualmente posible. Con el MEO y compañía corremos el peligro del populismo.

 
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