septiembre 29, 2012

La interminable transición

En los próximos días se cumple un aniversario más del plebiscito del 88 que permitió derrotar en las urnas la pretensión de perpetuación del innombrable, o de la dictadura, al menos en el formato que llevaba hasta entonces.

No pocos han dado por terminada la transición, según los acentos que se pongan. Unos con el término del primer gobierno de la Concertación encabezado por Aylwin; otros con la llegada a la presidencia de Lagos, como primer socialista después del derrocamiento de Allende; otros con el término de los gobiernos de la Concertación; otros con los cambios a la Constitución realizados en el año 2005; otros, con la muerte del innombrable. También están quienes afirman que la transición no terminará hasta que no seamos capaces de generar una nueva Constitución legitimada en su origen.

No ha sido una transición fácil. No fue fácil convocar a la oposición de entonces. Recordemos cuán fragmentada estaba; recordemos la atosigante campaña publicitaria de la dictadura con todo el peso de los recursos estatales y privados cuando se postulaba “yo o el caos”. Optar por el camino electoral, con todo en contra, cuando no pocos se restaron en sus inicios. Sin embargo, a medida que fueron transcurriendo los días, se fue tomando conciencia de la oportunidad que se tenía entre manos. Poco a poco el entusiasmo se fue apoderando de todos, recordándonos la lucha entre David y Goliat.

Desde entonces mucha agua ha corrido bajo el puente. Tal como lo estipulaba la Constitución del 80, fraguada entre cuatro paredes y legalizada mediante un plebiscito en 1980, sin padrón electoral alguno y con las libertades cívicas severamente restringidas, el innombrable no se fue para la casa esa misma noche. Permaneció un año más en la presidencia, para permanecer como comandante en jefe del Ejército. Desde allí se encargó de seguir revolviéndola con operaciones enlace y boinazos. Luego, cuando dejó la comandancia, tampoco se fue para la casa. Tenía reservado su curul en el senado para instalarse como senador vitalicio. De este modo, amparado en el fuero se mantuvo como intocable frente a las demandas de justicia que se empezaron a abrir por los atropellos que durante su régimen. Demandas que surgieron al alero de los nuevos aires democráticos que se vivían. Los juicios se eternizaban gracias a bufetes de abogados bien pagados que se encargaban de protegerlo.

Su inocente viaje a Inglaterra, abrió la caja de pandora, posibilitando su enjuiciamiento a nivel internacional. Mientras tanto, el gobierno de la Concertación y los mismos señores políticos que el dictador tanto había denostado en sus tiempos de gloria, se empecinaban en garantizar, sin mayor convicción, pero sí con temor a la reacción del Ejército, que en Chile se daban las condiciones para que fuese sometido a un justo y debido proceso en territorio nacional.

Su memorable regreso a Chile en silla de ruedas, cuál Lázaro, apenas pisó la losa del aeropuerto de Iquique, anduvo. Cual prófugo, logró escapar a la justicia internacional gracias a las gestiones del gobierno de Chile y aduciendo razones de salud. Poco después, con su fallecimiento marcó un importante hito en la interminable transición chilena. Con él desapareció un importante factor de cohesión de la Concertación.

1 comentario:

Gabriel Antonio Ramírez Méndez dijo...

Este excelente artículo quizás requiere una reflexión adicional. No sobre la transición Chilena -en la cual no creí y ahora creo- sino en cómo evolucionan las organizaciones y las sociedades, porque en verdad los hacen de una manera que no es resultado directo de las intenciones de ciertos individuos, sino lo resultante de una dinámica política compleja entre ciertos individuos.
Pensando en lo que han sido los cambios constitucionales desde los días de la aprobación en plebiscito bajo total dictadura, no se puede negar que éstos han sido considerables y que han ocurrido dentro de un marco de democracia “dentro de lo posible”. Al parecer la democracia siempre ha sido ejercida dentro de lo posible y a pesar de eso, en el largo plazo, se avanza hacia formas superiores. Digo esto último pensando en lo que fue el desarrollo de la democracia en Inglaterra desde la guerra civil, en Francia desde la revolución y en los EE. UU. Desde la independencia. Tengo años suficientes para recordar los días en que los afro-americanos no tenían derecho a voto en los Estados Unidos y mi padre recordaba perfectamente la primera vez votaron las mujeres en Chile.
También recuerdo los días en que creí en la idea de que la formula marxista ofrecía un camino directo a la democracia plena y que jamás un negro llegaría a ser presidente de los EE.UU., y he vivido lo suficiente para constar que mi héroe constructor de la democracia Cubana, de audaz y creativo joven revolucionario se transformaba en un tozudo y decrépito dictador que sigue gobernando, a través de su algo menos tozudo y decrépito hermano, e insistiendo en la detestable y obsoleta teoría del partido único.
Todo esto me hace pensar que quizás no sea tan buena idea llamar a una Asamblea Constituyente para una nueva constitución en Chile. Después de todo, los venezolanos lo hicieron y, aparte de integrar una verborrea supuestamente Bolivariana en su constitución, no parece que en ese país se haya avanzado mayormente en desarrollo democrático.

 
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