agosto 21, 2010

Macondo minero

Tras sucesivas operaciones destinadas a rescatar con vida a los mineros atrapados en las entrañas de la tierra, hasta el momento de escribir estas líneas, los esfuerzos han sido en vano. Cuando se escucha a autoridades y expertos, da la sensación de que no se da puntada sin hilo, pero por momentos también queda la impresión de que se está actuando sin brújula.

Ad portas del bicentenario, cuando nos vanagloriamos de ir en pos del desarrollo, el accidente, la incapacidad para rescatar vivos a los mineros –al menos a una semana de estar bajo tierra-, y las circunstancias que se están conociendo nos retrotraen a tiempos que se presumían idos.

Quisiera pensar que el gobierno está actuando con mesura, prudencia, “haciendo lo humanamente posible”, y de hecho esa impresión me deja, la que por desgracia también va acompañada con la de autoridades, expertos y brujos que surgen por debajo de cualquier piedra que se levante, que no estarían sino dando palos de ciego.

Como dijera el propio ministro, la velocidad es enemiga de la precisión. Sin embargo, el tiempo transcurre y hoy la zona está convertida en un macondo minero, con campamentos haciendo guardia, corresponsales instalados para transmitir en vivo y en directo, de modo que estemos informados minuto a minuto de lo que ocurre. Todo degenera en una teleserie donde cada día se abre un nuevo capítulo, cuyos ribetes no se conocen sino en el momento mismo. A estas alturas nos aferramos al milagro.

Quienes dejan espacio a la reflexión, se preguntan: ¿cómo fue posible que se llegara a esto? Los antecedentes que a modo de cuenta gotas se van disponiendo, por las características de la mina, señalan claramente que este accidente era previsible, incluso más, inevitable. Una mina que nunca debió haber sido reabierta. Y empiezan a aflorar las responsabilidades, no solo de los directamente involucrados.

Las primeras responsabilidades son de los dueños de las minas por solicitar que se reabrieran sabiendo que no reunía las condiciones mínimas de seguridad. La responsabilidad social empresarial se la metieron quien sabe dónde; luego está la responsabilidad de las autoridades y políticos que no fueron capaces de resistir las presiones de empresarios y trabajadores que respaldaron en su momento la reapertura de la mina. Estos últimos avalados por la falta de trabajo.

Este es el drama de Chile: hemos llegado a un extremo de liberalismo económico en el que cuando estamos frente a la disyuntiva de cerrar una importante fuente laboral o abrirla, terminamos haciendo la vista gorda ante la precariedad e inseguridad. Moros y cristianos. Hay responsabilidades tuyas y mías, por estar construyendo un país con estos niveles de tolerancia ante estos hechos. Solo cuando ocurren, ponemos el grito en el cielo y hacemos gárgaras amenazando a quienes resulten responsables con todo el peso y rigor de la ley. Pero a poco andar, todo vuelve a fojas cero. Como en Macondo.

1 comentario:

Nicole dijo...

Acabo de leer que hay señales que indican que probablemente estén con vida y acabo de escuchar el discurso del presidente SP. En un contexto en el que abunda la retórica oportunista que apela a los sentimientos de la gente y sus vulnerabilidades -legítimas por lo demás después de agónicas esperas- creo se hacen necesarias las reflexiones que dejas planteadas sobre las responsabilidades... me temo que el propio sistema (muchas de cuyas jugadas han sido orquestadas por el propio poder político-económico y su poderoso séquito) tenderán a la creación de un acontecer noticioso con los ya conocidos formatos de la inmediatez de la información y la ausencia de reflexión.

Por eso me resulta trascendental la pregunta que planteas sobre los efectos de ese "extremo liberalismo económico" y la necesidad de pensar este drama de los mineros iluminando y no oscureciendo el contexto y las circunstancias político-sociales concretas en las que se ha generado.

 
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