agosto 21, 2009

La mercantilización de la educación superior chilena

La mercantilización de la educación, y de la educación superior en particular, creo que no da para más. Si bien algunos aducen que ha servido para incrementar la cobertura, lo ha sido a un alto, a un altísimo costo que estimo, podría ser menor. Ya sea en términos del valor de los aranceles, como de su composición y la calidad de las carreras que se imparten, la cual está librada al mercado como si de un bien de consumo cualquiera se tratara. En la actualidad Chile es uno de los países con la menor proporción del gasto público en educación superior, y al mismo tiempo, el mayor gasto privado. O sea, la carga sobre los privados, esto es, nosotros, los ciudadanos de a pie casi no tiene parangón en el mundo.

En este marco la cobertura ha ascendido fuertemente, desde menos del 20% hace unas décadas, hasta alrededor del 40% en la actualidad. Esto significa que de cada 100 jóvenes en edad de cursar estudios superiores, 40 lo hacen. En los países de mayor desarrollo esta cobertura sobre pasa el 50 y 60%, tasas que Chile aspira alcanzar en el mediano plazo. En el pasado, cuando menos de 2 jóvenes de cada 10 estudiaban en la universidad, ella era prácticamente gratuita, curiosamente, cuando quienes ingresaban a la universidad provenían de familias de los quintiles de mayores ingresos. Hoy, por el contrario, hay que pagar, justo cuando están empezando a estudiar en las instituciones de educación superior los hijos de familias de menores ingresos y cuyos padres no tienen educación superior. Todo esto ha sido posible gracias a la implementación de sistemas de becas y créditos que han permitido chutear la deuda hacia delante.

Todo ello bajo el argumento dominante y soporífero que sostiene que la educación superior es un bien eminentemente privado en virtud de los mayores ingresos que en el futuro se asume que les reportará a los estudiantes la posesión de una educación superior. Al respecto tengo algunas dudas existenciales que no he logrado dilucidar. De partida tengo mis objeciones respecto de que sea así con todas las profesiones, y bajo esta misma lógica deberíamos haber aplicado en el pasado similar criterio con la educación básica y media.

A comienzos del siglo pasado la rentabilidad que proporcionaba la posesión de la educación básica era alta porque pocos la tenían; en la medida que se fue masificando la educación básica dejó de ser en factor diferenciador; a mediados del mismo siglo, quienes tenían educación media eran quienes conseguían empleo y bien pagados, hasta que se constituyó en el nuevo estándar. Y a partir de la segunda mitad del siglo pasado, solo la posesión de un título universitario permitía asegurar encontrar empleo bien remunerado. Pero ya desde fines del siglo que se fue tener estudios superiores ya no resulta suficiente para encontrar trabajo y asegurarse una remuneración atractiva. Eso explica que actualmente estemos todos corriendo tras la nueva zanahoria: la posesión de un postítulo o un posgrado.

Claro, para que los de abajo pudiesen seguir estudios superiores se instituyó un sistema de becas y de créditos. Las becas para aquellas carreras poco atractivas y/o que reportaran futuros ingresos no muy atractivos; los créditos para quienes se asume que podrán pagarlo con las remuneraciones que recibirían una vez egresados y se inserten laboralmente. Sin embargo me asalta una duda que no he podido conciliar: una vez que egrese el hijo del rico, sale sin deudas y más encima lo más probable que consiga un buen empleo bien remunerado a raíz de la red social de contactos familiares que de seguro tendrá. En cambio el hijo del pobre, si es que egresa, obtendrá un trabajo con menor remuneración puesto que carece de la apropiada red de contactos, que en Chile, así como en cualquier país, no deja de ser importante. Pero lo más grave, es que lo hará con una mochila, la necesidad de pagar el crédito obtenido en su oportunidad. O sea, no solo ganará menos que el hijo del rico, sino que además todos los meses deberá descontar de sus ingresos una proporción de ellos para ir pagando el crédito. Este sistema que a ojos de todos pareciera ser justo, a mi juicio no lo es.

¿Somos tan inteligentes como para instituir un sistema del cual no existe parangón en el mundo?

1 comentario:

Víctor Ramió dijo...

La lógica es incontrarrestable.
Sin embargo harto peor sería que simplemente no hubieran becas o créditos para quienes tienen la capacidad y méritos y que sin ellos les sería imposible optar por una educación superior.
¡Qué diferencia la realidad actual con la que me tocó vivir en mi juventud, hace ya más de 40 años!.

 
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