abril 03, 2006

La sucesión

Por estos días estamos observando uno de los aspectos que mejor distinguen a las democracias: la sucesión, el cambio de gobierno, tema que las dictaduras no han podido resolver. En esencia, estas últimas se centran en la imposición, el amedrentamiento y en el mantenimiento del desequilibrio en la distribución del poder que inhibe la participación, impide la descentralización y promueve el secretismo y la falta de transparencia. El miedo de quienes acompañan al dictador de turno a perder sus prerrogativas, así como los propios miedos del dictador refuerzan la necesidad de asegurar su continuidad.

En España, Franco gobernó por más de 40 años sin resolver su sucesión. Creyó que lo lograría con la restauración de la monarquía y el control sobre la educación y formación del entonces príncipe Juan Carlos. Pero le salió el tiro por la culata. Bastó que muriera Franco para que el rey Juan Carlos, una vez ungido como tal, en su primer discurso señalara “que quería ser el rey de todos los españoles”. Con ello echó por tierra el permanente mensaje divisor franquista, el de los buenos –ellos, los nacionales- y el de los malos –los otros, los rojos-.

En Cuba, Fidel Castro está llegando a su ocaso tras más de 45 años sin haber sido capaz de dar un paso al lado y cuando muera asumirá su hermano Raúl, algún tapado, o aflorarán las disputas clandestinas pospuestas una y otra vez por la necesidad que impone el férreo control revolucionario y/o el bloqueo y embargo norteamericano. ¿Y todo para qué? ¿para volver a fojas cero? ¿para que la isla vuelva a serlo que fuera bajo la dictadura de Batista? ¿y el sacrificio de varias generaciones para qué?

Las dictaduras comunistas en la URSS y los países satélites de entonces, agrupados en el pacto de Varsovia, ¿cómo resolvieron el tema de la sucesión? Entre gallos y medianoche hasta que terminaron derrumbándose de la noche a la mañana.

En Haití papá Doc, Maurice Duvalier en compañía de su guardia pretoriana -los tonton matutes- hizo de las suyas por décadas. Lo sucedió su hijo, Jean Claude, quien al poco tiempo tuvo que refugiarse en Europa, destapando un caos que perdura hasta el presente.

En Chile, Pinochet tampoco resistió la tentación, y para guardar las formas intentó perpetuarse mediante el plebiscito del 88 cuando ya llevaba 15 años gobernando a su antojo. Falta por escribirse la historia sobre lo ocurrido la noche del 5 de octubre y el aborto de las intentonas por desconocer la victoria del no. Desde entonces todo lo atado se ha ido desatando –lenta y trabajosamente-. Su sucesión terminó por resolverse del modo menos pensado por sus seguidores.

He querido traer estos recuerdos en homenaje al ejemplar cambio de gobierno que estamos viviendo.

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