abril 17, 2006

Elecciones en las universidades (parte 3)

La semana anterior hice alusión a los desafíos que enfrenta la universidad pública chilena en un contexto de privatización, al igual que en todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana. Proceso que se da en un marco de acoso a lo público y a la intervención estatal.
La universidad pública más que un servicio hacia la ciudadanía, bajo el discurso dominante, se considera como un instrumento destinado a producir profesionales que rentabilicen la acumulación económica. Por ello, en el grueso del discurso universitario tiende a aparecer la rentabilidad económica como elemento discriminador de la puesta en marcha de cualquier iniciativa. Se tiene entonces la paradoja que al interior de la universidad pública las decisiones se basan en la rentabilidad privada, tanto de parte de sus grupos académicos internos, como de los usuarios finales (alumnos, empresas) o “clientes” de sus servicios. Tal es la situación que la universidad pública, surgida al amparo de los "fallos del mercado" y la necesidad de la intervención estatal en pos de la asignación y redistribución (parcial) de los recursos, se encuentra ahora abocada a que sus actividades académicas estén reguladas por su capacidad privada de generar flujos financieros, marginando cualquier tipo de práctica que no presente formas inmediatas de rentabilidad.
Más que un servicio público, pareciera que el compromiso fundamental de la universidad ya no es con la sociedad, sino con el mercado. Este “baja” de lo público, que podríamos conceptualizar como de ataque privado a los valores que habían constituido la universidad pública, ha ido desarticulando su propia unidad interna, así como la coherencia de sus mecanismos de toma de decisiones y de formación de sus objetivos, desplazándose sus fines de lo público/colectivo a lo privado/particular.
Esta desarticulación del modelo universitario chileno se expresa en el discurso de la universidad como responsable de la formación de los cuadros funcionales de media o alta calificación de cara al mercado y se abandone cualquier pretensión de concebir la universidad como un espacio con pretensiones humanistas, de debate, de lugar de pensamiento de modelos alternativos, de búsqueda de valores democráticos o de fortalecimiento de la ciudadanía. Éstos están siendo tratados marginalmente, como accesorios necesarios. De esta manera se ha consagrado en el inconsciente de nuestra vida cotidiana el discurso del fin de las ideologías, discurso que nos conduce inexorablemente al fomento directo o indirecto de la rentabilidad económica, del orden burocrático, o del pragmatismo.

Estamos conociendo, por tanto, una universidad pública que tiende a generar cada vez más elementos de relación directa con el mercado, ya sea por medio de la venta de sus servicios a precios de mercado. Bajo la inocente apariencia de universidad pública estamos viviendo un proceso de autentica privatización encubierta, que es tanto más grave porque gran parte de los recursos públicos son aprovechados por plataformas privadas para conseguir rentabilidades particulares que difícilmente derivan en recursos o mejoras para la universidad en su conjunto.

Elecciones en las universidades (parte 2)
La semana pasada, a propósito de las elecciones que se avecinan en algunas universidades públicas, señalamos que el grueso de las discusiones que están teniendo lugar no dan cuenta de la profunda desorientación en que se encuentran sumidas instituciones y personas. Éstas han sido atrapadas por un modelo de universidad pública que ha operado con la racionalidad de los agentes económicos privados. Ante el imperativo del autofinanciamiento no pocas universidades han olvidado su carácter público y/ o de paso han sacrificado calidad académica.

A modo de ejemplo varias universidades estatales han instalado sedes a miles de kilómetros de su casa central, lo que no sería problema (en un formato de mercado), de no existir en esas localidades otras universidades, pero ocurre que las hay y también son estatales, ¿Quién puede entender esto? ¿Qué lógica explica esta irracionalidad? ¿Son universidades públicas destinadas a competir entre sí? ¿A disputarse los mercados? ¿Esa es su misión?

También ocurre en el país que universidades que reciben significativos aportes públicos, sean privadas o estatales, en una misma región, imparten las mismas carreras, duplicando esfuerzos en vez de ampliar la gama de oportunidades para sus estudiantes.
¿Por qué ha podido ocurrir esta situación? En el fondo, por que las universidades estatales operan como agentes privados y la institucionalidad directiva que las sustenta es débil y no facilita el control público. Es decir, no tienen claro a quien responden.
En la semana un lector me invitó a presentar algunos de los desafíos que debe enfrentar el sistema universitario chileno. Uno de ellos, sino el principal, es que las universidades públicas actúen sistémica y sinérgicamente, cooperando entre sí, no en pro de sus éxitos individuales o institucionales sino en atención a los principales requerimientos sociales, económicos, productivos y culturales de las personas (sociedad). El Consejo de Rectores, entidad que convoca a los rectores de todas universidades públicas, hasta la fecha ha sido incapaz de abordarlo.
Todo esto ocurre en el marco de la autonomía de la que gozan las universidades, donde las decisiones se adoptan –por lo general- bajo esquemas de participación académica más formales que reales. Administrativos y estudiantes no tienen participación alguna, no obstante ser parte de la comunidad universitaria, pues cualquier asomo de pretensión de involucrarlos, siquiera con derecho a voz hace invocar automáticamente el recuerdo del “cogobierno”. Pero lo más patético es el rol de los académicos, quienes una vez que eligen a sus representantes rara vez logran compenetrarse de las decisiones que adoptan, ya sea por comodidad como por estar sumergidos en la necesidad de “producir” clases y publicaciones para mantenerse como tales. Entre tanto, quienes son elegidos como autoridad, es más que menos oportunidades tienden a perpetuarse.
Tenemos entonces muchos desafíos por delante: que exista límite definido para la reelección de Rector, que los representantes académicos en las Juntas Directivas sean electos por los académicos; ampliar la participación a estudiantes y administrativos. También es necesario reformar estas instancias de dirección con personas que sin duda actuando de buena voluntad y desprendimiento personal requieren conocer profundamente de un “negocio” que es altamente competitivo, complejo y diverso, es decir la dirección de las universidades requiere de expertos en el tema universitario, en políticas públicas, en gestión pública, en gestión del conocimiento, etc.
Si las universidades públicas quieren tener un rol trascendente en el futuro de la sociedad, necesariamente tendrán que reinsertarse “recreadas e inteligentemente” en la sociedad, y para ello se requiere romper los miedos, cambiar las prácticas obsoletas y desatar amarras.

abril 03, 2006

Elecciones en las universidades (parte 1)

Varias universidades han entrado en un proceso electoral, entre ellas, la Universidad de Tarapacá. La elección de Rector es una de las pocas ocasiones en que existe la oportunidad de debatir y reflexionar en torno al tipo de universidad pública que se ha estado construyendo desde los tiempos de Pinochet y que a la fecha no ha sufrido mayores modificaciones tanto en sus aspectos legales como en su sistema de financiamiento.

No pocos perciben que el concepto de universidad pública se encuentra en una encrucijada, en una suerte de callejón sin salida, pues de no generarse cambios importantes va encaminada a su total privatización. Crecientemente se entiende menos que las universidades pertenecientes al Consejo de Rectores reciban aportes fiscales directos y otras no. De igual forma cuesta comprender porqué si un estudiante se matricula en una universidad privada no tenga acceso al crédito universitario. Es decir, no es fácilmente comprensible la razón que lleva al Estado a apoyar financieramente a unos estudiantes y universidades y otros no.

Si se trata de producir bienes o servicios públicos, su generación no tiene porqué limitarse a organizaciones públicas. En el país ya existe la creencia generalizada de que es posible proveer bienes y/o servicios públicos por parte de privados en condiciones de mayor eficiencia.

La discusión al interior de las universidades suele centrarse en las características que debe asumir su organización interna –más o menos Vicerrectorías, más o menos Facultades, dependencias de Escuelas y Departamentos; o en las características de su gestión –más o menos centralizada, más o menos transparencia, con o sin representantes de estudiantes y administrativos en sus organismos de gobierno colegiados -; o en las características personales de quienes postulan a la rectoría –con más o menos trayectoria académica; talantes más o menos autoritarios.

La discusión en torno a estas materias evade el problema de fondo, esto es: el rol de la universidad pública en una sociedad democrática en el mundo actual. Esta evasión de lo sustantivo y su intento de adaptarse o ajustarse a un modelo de sociedad basado en factores de mercado, la ha hecho perder la brújula.

La universidad pública ha dejado de ser el ambiente y espacio de generación de reflexiones e ideas destinada a configurar la sociedad que queremos, para ser hoy una institución que está siendo conducida por un modelo de sociedad acrítica y obsecuente que nadie osa discutir. Se asume como dato de la causa. En lenguaje juvenil: “Es lo que hay”.

De ahí que en los debates internos que por estos días tienen lugar no se observa que se vaya al tema de fondo: el actual modelo universitario se encuentra entrampado en un proceso de privatización y mercantilización que está conduciendo inexorablemente a la extinción de la universidad pública. ¿Es esto lo que se busca?

Diga Ud. patroncito....

A medida que los países se van desarrollando, las relaciones entre las personas tienden a ser más auténticas, entre iguales, dejando atrás prácticas paternalistas que siembran el temor y las inseguridades consiguientes. Estas prácticas, más propias del colonialismo, alientan la existencia de una cultura rastrera bajo la cual difícilmente alcanzaremos el desarrollo. Por tanto, uno de los grandes desafíos que tenemos por delante es propiciar ambientes en los cuales se potencie el desarrollo de personas más seguras, más confiables, que se aprecien y valoren de manera que no se vean tentados a adoptar conductas rastreras.

En muchas partes es posible encontrar personas convencidas que sus posiciones, sus trabajos, sus rentas, sus méritos, sus logros y sus capacidades se deben a terceros. Que no obedecen a su esfuerzo, a sus méritos, sino que a otros, a los jefes, a los patrones. Establecen con ellos relaciones de naturaleza amo-esclavo. Son los agradecidos por los favores concedidos, para quienes las oportunidades se las dan, no se las han ganado. Revelan un fuerte estado de dependencia, de subordinación e inseguridad que desafortunadamente condiciona sus conductas. Son los que Allende, magistralmente popularizara como rastreros, en especial referencia a Mendoza, el General rastrero, quien se suma al golpe del 73, traicionándolo a pocos minutos de jurarle lealtad.

Pero a diferencia de los esclavos, los rastreros se comportan de acuerdo a las circunstancias, sin guiarse por principios. Comportamientos que tienden a justificarse por supervivencia, destinadas a contar con “ventajas” de las que carece quien no está disponible para arrastrarse. Con todo, los rastreros llevan consigo un karma: la necesidad de mantener la “ventaja”, la que peligra cuando el destinatario de sus alabanzas se va y suelen entrar en pánico. Es el caso de una renta negociada de tú a tú que no se condice con las condiciones del mercado o de un cargo obtenido sin cumplir los requisitos establecidos, casos que los colocan en una situación de vulnerabilidad y dependencia absoluta.

Los rastreros se multiplican en ambientes donde no se aceptan ni toleran los fracasos ni los errores en los “otros”, pero sí en aquellos que son “fieles”, quienes solamente tienen palabras de buena crianza para sus dioses. En estos contextos las innovaciones no tienen lugar porque para que ellas se den es indispensable un ambiente de libertad y tolerancia al riesgo, a los fracasos y errores.

El servilismo encuentra terreno fértil bajo las dictaduras, donde no exista equilibrio de poderes, o donde la arbitrariedad y la discrecionalidad campean, generando perversos incentivos a favor de los rastreros. Éstos entonces se multiplican, retroalimentando los liderazgos autoritarios, que a su vez se alimentan de los rastreros, pues de ellos siempre se escuchará música celestial.

Los rastreros no se caracterizan precisamente por su franqueza, muy por el contrario, puesto que rara vez dicen lo que piensan, o hacen lo que dicen. Al respecto, Michelle ha insistido, en clara faena pedagógica y con mucha claridad de cara al país, “que diré lo que pienso, y haré lo que digo”. Con ello nos invita a elevar nuestra autoestima, reducir nuestros miedos y forjar un país que abra cauce a liderazgos más horizontales, más acogedores, más democráticos, más participativos y transparentes, donde decir las cosas por su nombre reditúe más que la falsedad. Esto es, donde haya menos rastreros.

La sucesión

Por estos días estamos observando uno de los aspectos que mejor distinguen a las democracias: la sucesión, el cambio de gobierno, tema que las dictaduras no han podido resolver. En esencia, estas últimas se centran en la imposición, el amedrentamiento y en el mantenimiento del desequilibrio en la distribución del poder que inhibe la participación, impide la descentralización y promueve el secretismo y la falta de transparencia. El miedo de quienes acompañan al dictador de turno a perder sus prerrogativas, así como los propios miedos del dictador refuerzan la necesidad de asegurar su continuidad.

En España, Franco gobernó por más de 40 años sin resolver su sucesión. Creyó que lo lograría con la restauración de la monarquía y el control sobre la educación y formación del entonces príncipe Juan Carlos. Pero le salió el tiro por la culata. Bastó que muriera Franco para que el rey Juan Carlos, una vez ungido como tal, en su primer discurso señalara “que quería ser el rey de todos los españoles”. Con ello echó por tierra el permanente mensaje divisor franquista, el de los buenos –ellos, los nacionales- y el de los malos –los otros, los rojos-.

En Cuba, Fidel Castro está llegando a su ocaso tras más de 45 años sin haber sido capaz de dar un paso al lado y cuando muera asumirá su hermano Raúl, algún tapado, o aflorarán las disputas clandestinas pospuestas una y otra vez por la necesidad que impone el férreo control revolucionario y/o el bloqueo y embargo norteamericano. ¿Y todo para qué? ¿para volver a fojas cero? ¿para que la isla vuelva a serlo que fuera bajo la dictadura de Batista? ¿y el sacrificio de varias generaciones para qué?

Las dictaduras comunistas en la URSS y los países satélites de entonces, agrupados en el pacto de Varsovia, ¿cómo resolvieron el tema de la sucesión? Entre gallos y medianoche hasta que terminaron derrumbándose de la noche a la mañana.

En Haití papá Doc, Maurice Duvalier en compañía de su guardia pretoriana -los tonton matutes- hizo de las suyas por décadas. Lo sucedió su hijo, Jean Claude, quien al poco tiempo tuvo que refugiarse en Europa, destapando un caos que perdura hasta el presente.

En Chile, Pinochet tampoco resistió la tentación, y para guardar las formas intentó perpetuarse mediante el plebiscito del 88 cuando ya llevaba 15 años gobernando a su antojo. Falta por escribirse la historia sobre lo ocurrido la noche del 5 de octubre y el aborto de las intentonas por desconocer la victoria del no. Desde entonces todo lo atado se ha ido desatando –lenta y trabajosamente-. Su sucesión terminó por resolverse del modo menos pensado por sus seguidores.

He querido traer estos recuerdos en homenaje al ejemplar cambio de gobierno que estamos viviendo.

 
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