noviembre 10, 2005

¿Ser o no ser neoliberal?

Desde que tengo uso de razón, me enseñaron que la economía surge a partir de la escasez, en particular, cuando la cantidad demandada por un bien/servicio supera la oferta disponible en el mercado. La economía busca responder interrogantes básicas tales como: ¿qué producir? ¿cúanto producir? ¿cómo producir? ¿cómo distribuir? ¿cuánto cuesta producir? ¿qué alternativas se encuentran disponibles? ¿para quienes producir? ¿en qué magnitud? ¿a qué precio?

En tal sentido la economía se considera la disciplina responsable de abordar la asignación "óptima" y/o "eficiente" de los recursos disponibles normalmente limitados, y por consecuencia, se asume que busca contribuir a satisfacer el máximo de necesidades con los recursos disponibles. El fin de la historia, al menos en el ámbito económico, se habría alcanzado con el libremercado, con esa “mano invisible” que guía el comportamiento mercantil. Existen múltiples ejemplos irrefutables acerca de la existencia de esa ley de la “mano invisible”, así como en el mundo de la física nadie cuestionaría la ley de gravedad formulada por Newton. En este sentido ¿quién podría no ser un neoliberal?

Junto con esto, me enseñaron que este libre mercado funciona cuando no existen barreras de entrada, o sea, con la libre concurrencia de muchos oferentes y demandantes, porque cuando son pocos los actores ya sea por el lado de la demanda, como por el lado de la oferta, el libremercado deja de funcionar como tal y empiezan a operar los carteles o monopolios. Curiosamente, por la vía del libremercado observamos una tendencia hacia la existencia de pocas grandes empresas en los más diversos sectores, amparados en la lógica de las economías de escala y de la creciente incorporación de tecnologías de información y comunicación en la gestión de las organizaciones.

Me enseñaron que el libremercado funciona cuando todos los actores tienen acceso a la misma información, no existiendo información privilegiada para unos en desmedro de otros. También me enseñaron que el Estado no debe interferir en el libremercado, más bien debe asegurar que se den las condiciones para que “la mano invisible” funcione; pero también me enseñaron que los mercados reales no suelen ser perfectos, por lo que se requiere la intervención del Estado para que el libremercado opere como tal: un Estado tan chico como sea posible, un Estado estrictamente necesario para subsanar subsidiariamente algunas “imperfecciones” que puedan presentarse.
En base a estos antecedentes ¿quién podría no ser neoliberal?

Sin embargo la realidad es más compleja, no se limita a lo meramente económico, como lo constatan los propios neoliberales, quienes en el plano político-cultural suelen ser ultraconservadores, y no trepidan en pretender imponer conductas, valores y prohibiciones que harían palidecer a cualquiera.

El neoliberal centrado en lo económico adhiere a un enfoque reduccionista que termina por olvidar que la economía es un componente de la realidad que debe estar al servicio del ser humano y no viceversa. De hecho, el modelo neoliberal, en los países donde ha sido aplicado a ultranza, genera sociedades excluyentes, donde periódicamente es ingresa a fases de crisis explosivas. La exclusión opera sobre la base de la coexistencia de insolidaridad y del desmantelamiento de los servicios públicos por parte del Estado. Un Estado incapaz de pagar seguros de desempleo o pensiones mínimas o decentes a quienes la mano invisible mercantil desecha por inservibles, ya sea por edad, como por incompetente. Los seguros privados de salud, operando bajo la lógica de la rentabilidad, no pueden sino expulsar a aquellos afiliados que se enferman en demasía o tienen enfermedades de muy alto costo. Afiliados “cachos” que son entregados a manos del Estado para que éste se encargue de ellos, pero un Estado raquítico a quienes los propios neoliberales les niegan la sal y el agua para que ejerza en plenitud el rol subsidiario que el propio modelo neoliberal le tiene asignado.

Desafortunadamente son muchos los sectores donde no existe simetría de información, particularmente en los sectores financiero-bancario, de servicios de comunicación, salud y educación. ¿Tenemos claridad respecto de las tasas de interés que nos aplican? ¿De la calidad los servicios educacionales que prestan las diferentes instituciones educacionales? ¿De los contratos y las tarifas que nos aplican las empresas proveedoras de servicios telefónicos? Y cuando queremos reclamar ¿adónde podemos recurrir? ¿Tenemos tiempo para hacerlo cuando el trabajo nos exige más y más?

El problema de fondo del neoliberalismo reside en que asume que somos de usar y tirar. Aldous Huxley lo graficó claramente en su “Un mundo feliz” somos, en la medida que servimos en términos económicos, si somos productivos, en caso contrario, más vale que nos vayamos al tacho de la basura. Enfoque que entronca con el darwinismo puro, con las teorías racistas, por las cuales unos son elegidos y otros, condenados.

Los “defectuosos” no tendríamos nada que hacer en este mundo. En estas circunstancias, como bien lo afirma Andrés Monares en su paper titulado ¿Quién podría ser neoliberal? y que de alguna manera motivó el tenor de esta columna.

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